Mostrando las entradas con la etiqueta Inseguridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Inseguridad. Mostrar todas las entradas

23 de marzo de 2010

Mi camino a la escuela



Les comparto esta reflexión escrita por un ex-alumno, César Alejandro Toledo, sobre lo sucedido en Monterrey la semana pasada. Desde la distancia es fácil pretender no estar involucrado, es fácil pensar que nosotros no somos ustedes. Sin embargo, lo somos y estamos juntos, no sólo en la tristeza por las vidas que fueron mutiladas sino en la búsqueda de transformar estas realidades para construir más paz y justicia.

Espero que pronto los familiares, amigos, compañeros y maestros de esos muchachos, así como de las otras víctimas inocentes, encuentren consuelo, y que nosotros mantengamos con más convicción nuestros esfuerzos de cambio a través de la educación para que todos los niños y jóvenes de este país no sólo puedan ir a la escuela en paz sino también, y más importante aun, que todos puedan en verdad ejercer el derecho a la educación y a tener oportunidades de vivir de manera digna.


Por César Alejandro Toledo

Confío en el criterio de todos a quienes les ha llegado este mensaje, pero de lo que no estoy seguro es que todos estén conscientes de la gravedad de las circunstancias en las que vivimos.
Quizá me equivoco y les pido una disculpa a quienes ya tiene presente la situación y especialmente a quienes ya hacen algo al respecto. Con pena confieso que fue hasta hoy que me hago consciente de mi apatía y estúpida indiferencia ante una realidad que ha cambiado de a poco, casi imperceptiblemente. Y es un tanto por eso y un tanto por mi egoísta comodidad que había decidido no atender a esto que es una violación total a mi oportunidad de disfrutar una vida digna. Desafortunadamente a mí me hizo falta ver pasar la sangre y las balas frente a mi casa para renunciar a la inacción y a la conciencia anestesiada.

Les comparto mi vivencia del día de hoy, que ha sido un llamado fuerte y claro de atención, con el propósito de acercar a ustedes mi realidad deliberadamente descompuesta, esperando que no sea necesario que sus realidades cambien como la mía para que entiendan que no vivimos los mismos días. Quiero compartir la inquietud de saber que la comodidad de una vida suficientemente estable no es pretexto para optar por la inacción, y convencerlos de que la consecuencia de la indiferencia será que el miedo sea parte inevitable de nuestro camino a la escuela.

Mi camino a la escuela

El mismo tono del despertador, la misma regadera, el mismo par de tenis y la misma figura frente al mismo espejo. Creía disfrutar de la tranquila cotidianeidad de un día cualquiera. Es inevitablemente lunes.

Incluso creía que la puerta de mi casa era la misma, que detrás estaba el aburrido y firme concreto del camino a la escuela. Mientras abría la puerta planeaba mi lunes como lo hago cualquier otro lunes. Ingenuamente creía que el sol detrás de la puerta sería el mismo sol con el que he disfrutado todos mis inicios de semana. Pero detrás de la puerta me encontré con un suelo sucio, con camionetas de medios de comunicación, cámaras, la policía del barrio, la policía municipal y del estado, rostros de miedo, y un carro Audi negro con ventanas rotas. Desafortunadamente lunes.

Pregunté qué había pasado, y con una cara que me dijo que la pregunta estaba de sobra, me respondieron que habían balaceado un carro. Lo peor es que me lo han respondido como si la cosa fuera de esperarse, simple y natural. Continué con mi camino porque a pesar de las balas mis clases afortunadamente continúan. Durante el camino me vino el sentimiento de cuando te han robado algo, de cuando algo preciado te ha sido arrebatado. Y es precisamente el camino mismo, mi antes menospreciado camino firme, el que hoy ha sido violado, mi libertad de ir a estudiar sin miedo, de buscar las oportunidades que me he prometido. Nunca más viviré el mismo camino a la escuela.

La continuación de esta realidad alterada la encontré en la entrada de la escuela, donde había gente colocando veladoras y flores en memoria de mis compañeros estudiantes que fueron asesinados en el enfrentamiento entre el ejército y un grupo armado que hubo en las instalaciones de mi escuela el jueves pasado. Y todo esto pasó en el mismo trayecto de mi cama al salón de clase.

Las posturas de alumnos son ricas en variedad y forma. Una de ellas aprovecha la ocasión para hacer bromas y relajar tensiones, pero parece que esto es más bien una muestra del miedo que sentimos, como quien ríe nerviosamente con intensiones de ocultar que llora. Hay también quienes deciden vivir su lunes como cualquier otro lunes, esperando simplemente que las cosas se mejoren y tal vez pensando: “qué bueno que no me pasó a mí“. Y de lo que no se dan cuenta es que sí nos pasó a todos, que con la muerte de nuestros compañeros hirieron nuestras oportunidades, sueños y motivaciones, porque ¡¿qué no merezco ir a la escuela sin miedo?! Al final todos estudiamos para cumplir algún capricho, alguna expectativa, algo, lo que sea. ¿Y para qué carajos me levanto y camino el sucio y violento camino a la escuela si al final no hay un panorama estable en el que mis estudios tengan un valor?

A pesar de que la mayoría sepa en qué escuela estoy y en qué ciudad vivo, no lo menciono como un dato relevante de mi relato, pues al final no importa si fue aquí o en tu ciudad o tu escuela. Hoy sufro la muerte mis compañeros, que como cualquier otra muerte es lamentable, pero la sufro porque es un símbolo que representa un obstáculo de todos quienes queremos tener la oportunidad de vivir una vida digna. Y lo que más me altera es haber vivido tan naturalmente la indiferencia, y saber lo fácil y cómodo que es no hacer nada, ni decir nada, y verlo aquí y ahora, en la biblioteca, donde se vive un lunes cualquiera.

27 de agosto de 2008

Iluminemos México

Este sábado 30 de agosto en todo el país habrá un movimiento de expresión ciudadana para manifestar el deseo de los mexicanos de vivir en un país de justicia y de paz. La convocatoria va más allá de unirnos contra la delincuencia; la intención es llenar de luz a nuestro país, que en las tinieblas de violencia que vivimos, cada uno de nosotros sea una luz de amor, de fraternidad, de comprensión, de respeto por la dignidad de cada vida humana. La esperanza es que podamos vivir en un país en el que una vida sea invaluable, en que nadie pueda ni siquiera imaginar robar una vida por dinero o poder.

Es una marcha a la que estamos convocados todos, hayamos sido o no víctimas de la violencia y la delincuencia, aunque en realidad, ¿quién no ha sido víctima en mayor o menor medida?, ¿quién puede caminar sin temor por las calles de la ciudad?, ¿quién no conoce a alguien que haya sufrido este flagelo?

A continuación reproduzco el texto que los organizadores han lanzado en la convocatoria a esta marcha. Ojalá que desde donde estés puedas unirte a esta acción colectiva no sólo ese día sino desde tu esfuerzo cotidiano por ser en todas tus acciones un ciudadano que contribuye a construir la paz. Si quieres tener más información sobre la marcha en distintas partes del país, sigue el enlace de Iluminemos México y busca en tu estado los recorridos de las marchas. Si no puedes asistir, están sugiriendo colocar veladoras en las ventanas o en las azoteas de las casas, expresando tu solidaridad y apoyo a esta causa.

---------------------------------------------

SOMOS COMO TÚ

¿Sabes por qué esto es una buena idea?
Porque es la misma idea que tú tienes, por eso es importante tu participación, porque eres parte de esto.
Tú y yo juntos formamos México, lo cual debería de estar por encima de cualquier interés particular; el problema es que esto se nos olvidó, lo dejamos en el camino. ¿Cuándo? No lo sé, pero que importa, hay que retomarlo.
Queremos, como tú, tener Instituciones a nuestro servicio, sentir que funcionan y que lo hacen eficientemente.
Queremos, como tú, sentir que nuestra voz es oída y escuchada y que lo que se debate es lo que nos representa como sociedad.
Queremos, como tú, sentirnos seguros y tranquilos en un México que algún día tuvimos.
Creemos que es el momento de terminar con esos pleitos que nos dividen, con esas etiquetas que nos separan, porque al final del camino creo que todos queremos lo mismo.
Algún día nos sentimos orgullosos de ser mexicanos y creemos que de eso se trata.
Demostremos que somos UNA SOCIEDAD, que podemos convivir pacíficamente y que podemos nuevamente iluminar el Cielo de México que está nublado por el odio y egoísmo.

PORQUE LO HACEMOS

Creemos que necesitamos sentirnos unidos, acompañados en este tortuoso camino que tantas vidas ha costado.
Sentir, que como Sociedad tenemos fuerza, la suficiente para exigir que se termine con esta guerra de protagonismos, que se trabaje para un fin común.
No queremos una marcha de reproches y exigencias.
No queremos una marcha pintada de verde, ni de azul ni de amarillo. Porque sabemos que la única manera de obtener el blanco es uniendo los colores.
No necesitamos gritar, ni señalar, ni maldecir. A veces, el silencio es más fuerte que los gritos y nuestra presencia será suficiente para demostrar lo que somos, lo que queremos y de lo que somos capaces, porque va a ser imponente.
Y tú eres parte de esto, no dejes pasar esta oportunidad porque nadie te garantiza que estés vivo para la próxima.
No dejes que se extinga esa llama que llevas dentro.

Combatir la corrupción para terminar con el secuestro


Por Enrique Bores

Un amigo me envió una cadena de correo electrónico pidiendo mi firma para apoyar la instauración de la pena de muerte a los secuestradores. Mi respuesta fue la siguiente:

Entiendo la rabia e indignación que genera la petición de imponer la pena de muerte a los secuestradores. Deseamos poner un ALTO YA. Sin embargo, la instauración de la pena de muerte NO solucionará el problema.

El crimen ha prosperado tanto en México porque, aunque las penas existen, el sistema de justicia no funciona. Los criminales no son efectivamente atrapados y sentenciados. Así que ningún incremento en las penas tendrá mayor efecto en reducir el secuestro. Con un sistema de justicia corrupto e ineficiente, lo único que sucederá al imponer la pena de muerte es que empezaremos a matar a gente que no lo merece y los criminales seguirán operando.

Debemos exigir a las autoridades que el sistema judicial se reestructure y funcione. La corrupción debe terminar de tajo en todos las instancias.
Los que estamos preocupados por la violencia en México debemos dejar de cometer actos de corrupción, por más leves que sean, así se refiera a estacionarme en un lugar prohibido, dar una “mordida”, pasarme una luz roja, comprar una película pirata o copiar en un examen. Debiéramos imponer sanciones MÁS severas a las infracciones menores. Debemos instaurar una cultura de LIMPIEZA.

Sólo cuando cada uno asumamos nuestra responsabilidad, construiremos el país que soñamos. Hay que actuar ya.

¡Vayamos a la marcha decidiendo construir un México HONRADO!

Tomo la decisión de SER HONESTO.

7 de agosto de 2008

Secuestro, una tragedia de México y sus familias

Frente a la situación que aqueja a nuestro país y a su sociedad, es importante solidarizarnos al dolor e indignación que familias mexicanas viven a causa de los secuestros. No podemos cerrar los ojos ante estas realidades, no debemos acostumbrarnos a ellas. Comparto con ustedes este texto de Alfredo Harp Helú y María Isabel Grañén Porrúa, enviado a diversos medios de comunicación el 6 de agosto de 2008, voces que expresan lo que muchos sentimos también. Mi esperanza es que a través de nuestras acciones cotidianas podamos constribuir a construir una sociedad centrada en principios, incluyendo sobre todo el respeto y valoración de la vida humana por encima de otros bienes o intereses.

---------------------------------------------------------------------------------

Por Alfredo Harp Helú y María Isabel Grañén Porrúa


Imagine este escenario por un momento. Piense que usted es la persona que está hablando, póngase en sus zapatos, sólo el tiempo que le tome leer este texto.


"He sido muy afortunado, Dios me dio la oportunidad de tener un hijo, un hermoso niño que sólo pedía una cosa: cariño. Para eso había venido al mundo: para amar y ser amado. Lo acogí en mis brazos y crecimos juntos. Nos complementamos, yo tenía la necesidad de ofrecer ese cariño que él tanto requería. Tuve la oportunidad de darle algo mejor: una familia que vivía en armonía; una mamá, una hermana y un hermano.


Recuerdo el primer día que me dijo “papá” y sentí cómo el cielo se abría, los pájaros cantaban y el sol iluminó el mundo. De la mano íbamos a su escuela. Los primeros días se le llenaban los ojos de lágrimas, no quería despegarse de mí, pero pronto encontró su mayor interés por el colegio: sus amigos. Además, se divertía jugando fútbol y adoraba la música.


Jamás olvidaré su expresión cuando logró descifrar “m a m á”, cuatro letras que comprendían el universo entero. Dios nos colmaba de bendiciones.


Pasaron los años, me sorprendía ver cómo mi pequeño niño se hacía un hombrecito, que maduraba a pasos agigantados, que crecía para ser casi de mi tamaño. Amamos la vida.


Cumplió catorce años, lo celebramos juntos, en familia con algunos amigos. La vida nos sonreía. Pero un día el cielo se nubló, los pájaros enmudecieron y la tragedia invadió nuestros corazones: en el camino por donde pasaba mi hijo, se cruzaron unos hombres desalmados, personas que no podrían ser descritas con un adjetivo porque no los hay para poderlos describir. Me avisaron que mi hijo acababa de ser secuestrado, ¿cómo?..., ¿cómo podía ser aquello?..., iba acompañado de un chofer y también se lo habían llevado. Al parecer, los plagiarios eran o se hacían pasar por policías.


La noticia me dejó pasmado. No tenía idea de cómo actuar. Por fin nos confirmaron el plagio y pidieron rescate. Sí, querían dinero a cambio de mi hijo, ellos decían que esa era ”la negociación”. También me dijeron que recibiría un presente para que supiera que hablaban en serio. De eso no cabía duda. Al día siguiente, el drama fue mayor, localizaron un cadáver en la cajuela de un coche, era el chofer, amigo de nuestra familia que cumplía responsablemente con su deber y que dejó en duelo a los suyos ¡¿Por qué sacrificar así a un hombre inocente?!"


[Hasta aquí habla el padre de familia]


Imagine un minuto lo que ese padre y su familia pudieron sentir en aquel momento, pasaron días en total incertidumbre, sin saber en dónde estaba su hijo, si comía o tenía frío, si era golpeado o amenazado. Peor aún, no sabían si estaba vivo o no. Pero la esperanza nunca muere y ellos esperaron cincuenta días que convertidos en horas podrían traducirse en meses, minutos que se convertían en años y segundos que eran una eternidad sorda.


Aquel padre pidió asesoría; no sabía cómo actuar ante tal situación. En realidad nadie lo sabe, porque en esas circunstancias las posibilidades de actuar son nulas. Buscó por todos los medios la manera de que su hijo volviera, se hincó ante las autoridades, pidió auxilio a la policía, visitó las oficinas de los procuradores y a los altos mandatarios, rogó a Dios mañana y noche, deseó cambiar su vida por la de su pequeño.


Nada, pasaban los días y nada. Sólo prevalecieron la esperanza y el amor, que lo hacían sostenerse en dos piernas.


Dinero. ¡Qué poco valor puede tener el dinero si la vida de un ser humano está en juego!


Por supuesto, aquel padre pagó el rescate. Sabía que esas monedas eran tan viles como las de Judas; no tenían valor y menos sentido. Supo que su hijo estaba vivo. Habló con él como prueba de vida y la esperanza volvió a brillar en los corazones de aquella familia. Pero después el silencio enmudeció al mundo. Pasó un día, otro, otro y otro, nada, no hubo llamadas, ni el timbre sonó, ni nadie llegó.


Las suposiciones fueron ilimitadas. Creían que el día estaba cerca, su hijo volvería y gritaría: “papás, acá estoy”. Sí, los santos estaban enterados, a todos les habían rezado; sólo esperaban y mantenían la esperanza.


Otra semana y el padre volvía a suplicar al mundo entero que le ayudara, pero el silencio se ahogaba en sí mismo. Esperaría toda una vida si fuera necesario, pero la incertidumbre de no saber en dónde estaba su hijo agujereaba el dolor de aquellos padres. Habían pagado, ¿por qué no se comunicaban con ellos?..., algo raro pasaba, quizá los secuestradores se habían peleado entre ellos, quizá habría pasado otra cosa, quizá y quizá…


Por fin, recibieron una llamada. Quien hablaba no quería entrevistarse con el jefe de familia, pero el padre espetó: “dígame, aquí estoy”; creía estar preparado para todo. El comunicante informó que habían encontrado el cuerpo de una persona en la cajuela de un coche y había que reconocerlo.


No entraré en detalles de aquel hecho de horror, el cuerpo llevaba varias semanas metido en una bolsa de plástico, era irreconocible. Por la dentadura se logró identificar al muchacho de catorce años al que le había sido arrancada la vida, despojada debido a la desgracia que azota a nuestro país. Sí, a un niño inocente que tuvo la mala fortuna de pasar frente a unos sicarios por casualidad.


Póngase usted en los zapatos de aquellos padres, que desean que nadie llegue a sentir lo que ellos pasaron en los últimos cincuenta días. Piense que nadie en este país está exento de que le suceda algo parecido. Este crimen es un atentado contra cada familia de México y cada uno de sus habitantes. La muerte de ese muchacho significa la descomposición social a la que hemos llegado, la lloramos todos los mexicanos que tenemos hijos y los que no los tienen. Todos nos unimos al dolor de aquella familia que también es la nuestra.


México no merece esta realidad ni que la vivan las próximas generaciones. Es urgente un cambio. La impotencia invade a la sociedad civil. Unámonos para exigir que nuestras autoridades de los tres poderes de la Unión, de los estados y municipios trabajen decidida y coordinadamente contra la delincuencia y en favor de la seguridad de las personas, para que en el corto plazo todos los mexicanos podamos vivir tranquilos.


Condenamos la impunidad y la violencia.


¡Ya basta!